1
Delia es contadora de cuentos. No en el teatro, en el hospital de orates. Va sin libros: simplemente, les inventa historias más o menos divertidas, más o menos fantásticas. Nunca incluye ni gigantes ni gnomos. Ni brujas ni hadas. Recorre caminos de lejanas tierras, les hace conocer gente que habla otros idiomas. Cuando se va, a veces escucha pero hace como que no. Está loquita, se dicen unos a otros. Ella hace como que no, para volver.
2
Elisa Cantofelice cuenta historias en el jardín de infantes. Historias de buen final, en las que nadie muere, ni se enoja, ni castiga. Lo hago, porque hoy los dibujos de la tele son terribles. En lugar de los niños, son para los mayores. Cuando llega a su casa, la señorita Elisa enciende el aparato como todos los días, escruta con el rabillo del ojo la escena violenta entre un ratón y un gato, y apaga con resignación. Toma su Mickey Mouse de peluche y se va a la cama.
3
No sé por qué le gusta contar cuentos de terror. El mismo abre los ojos desmesurados y se compenetra vocalmente. Desfigura la voz, la imposta, pega algún grito de profundis. Esta noche narra uno de médium y los oyentes advierten que a poco su rostro se transfigura. Las cuencas de sus ojos se vacían. Su boca pierde labios y dientes. Su lengua se paraliza. Y cuando todos esperan que levite, cae la máscara de Edgard Allan Poe.
4
Cuentos sin final, para que cada cual los cierre. Como aquél que contaba el abuelo de los fantasmas que eran comidos por los hombres y los hombres eran devorados a su vez por las ánimas, y una de ellas, que se resistió al rito
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