1
Ha olvidado la dirección de las agujas de los relojes. Si para adelante o para atrás y si la cuerda… ¿Ahora no se da la cuerda? No puede ser. Los rubíes no servirían para nada. En silencio, el Alzheimer pone almohada a sus dudas. Dudas de oficio de relojero.
2
Encargó sus memorias a Stefan Zweig. ¿Quién mejor que él, que es famoso y que toda la vida escribió biografías? Viven cerca, en Petrópolis. E incluso los ha invitado a comer a su casa. La esposa es simpática. Hoy fue a entregarle la primera cuota con tan mala fortuna, que por boca de la policía, en la puerta, se enteró que ambos se habían suicidado.
3
Tiene memoria selectiva. Se acuerda de cuando mató a su gato. Y de la vez que encerró a la abuela en el cobertizo durante tres días. Se acuerda de que su mujer le rompió el tabique nasal, aquélla tarde que lo encontró con otra. Y se acuerda, sí, de la forma en que –al ser detenido- quebró a palos brazos y piernas de un policía. Memorias traumáticas. De todo lo demás, agradece a Dios, se ha olvidado y es feliz.
4
La memoria de Ifigenia es prodigiosa. Sabe la fecha de todos los descubrimientos importantes, de la fundación de ciudades, el onomástico de los próceres, la caída de los imperios. Eso sí: no le pregunten en qué año nació.
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