1
Acabamos de volver de la trilla a yegua. Cansados, la mesa nos reúne para el pan y el tazón de leche. Nadie habla. Pero el silencio es amable. La casa cobija nuestro sudor. El abuelo –voz de trueno, todavía- nos mira y desde sus ancestros árabes remata: Yo me quejaba porque no tenía zapatos, hasta que conocí un hombre que no tenía pies. Y toma sus muletas y sale.
2
En la casa de los Ostrovsky todo se resolvía con refranes y proverbios. Las dudas y las certezas, las lágrimas y las risas. Aquélla tarde en que Eduwiges volvió con la nueva que a los seis meses tendría un hijo de padre desconocido, el abuelo –siempre hay un abuelo que salva- musitó quedamente Adán comió la manzana y todavía nos duelen las muelas.
3
Ese proverbio italiano que asegura que una vez terminado el juego el rey y el peón vuelven a la misma caja, lo recuerdan en casa para cualquier cosa. Para los derechos, para las oportunidades, para los privilegios. El tio anarquista sonríe con sabiduría, aunque es a quien nunca se lo he oído decir. Un día, casi en secreto, me confía: no es cierto. El rey siempre está arriba. Y si puede, lo patea al peón cuando se cierra la tapa.
4
Lo escuchó en la sinagoga, de labios de un rabino: No te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás y a un tonto por ningún lado. La vida le enseñó que algo de cierto había en esas palabras, aunque advirtió que a los tontos –se les acerquen o no- no les va nada mal. Y lo aplica.
5
Nunca acusa. Su padre, todo un lord inglés, le inculcó que cuando apuntes con un dedo, recuerda que otros tres te apuntan a ti. Entonces, con la circularidad que dan las ocasiones, a veces se enrostra a sí mismo lo que ve de mal en los otros, para intentar de alguna manera que los otros reconozcan lo propio. La fórmula, por las antípodas, a veces resulta y otras (como ayer, cuando lo detuvieron por un robo) fracasa.
6
Escribir un libro de proverbios no es inventar, simplemente. Los proverbios pueden venir de errores, de frustraciones, de derrumbes, de inmolaciones. El lo hace en respuesta a su destino líquido. A su existencia vacía. A su grado de desconocimiento de sí mismo. No lo publica, obviamente, pero un frate lo lee y comienza a utilizar parte de ellos desde el púlpito. En los honores, él acepta que ha vuelto a nacer gracias a la renuente y negra negatividad de sus proverbios…
7
El aleteo de una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva York, marca el proverbio chino. Siempre preferí no saber qué represalias tomarían con la mariposa los yanquis atormentados, si el proverbio fuera cierto...
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